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Luis Garcia 02

El Ulises granota

01/07/2009

La gesta del segle: Llevant UD 2009/2010. Un ascens històric.
 
Rafa Marín. Superdeporte
 
Pasada la prueba de fuego en Oliva, cuando estuvo a punto de abandonar, un buen día amaneció en Orriols un tipo con rizos engominados, vestido cual figurín de Benetton, con una prosa atractiva, mal talante en las distancias cotas y el aviso de no ser uno más cuando recordaba su récord de puntos en el Villareal. Semanas después se confirmó la puesta a punto de un bólido hecho con piezas de desguaza, la primera prueba de su valor como mecánico de fútbol: intuitivo para diferenciar de la chatarra lo que aún vale, mañoso para arreglar averías con un simple destornillador.
 
Posiblemente Luis García pasará a la historia como el entrenador del ascenso. Y seguramente será injusto, un flaco favor incluso, porque en realidad el suyo debería ser un significado mucha más profundo para una institución que estuvo a punto de no existir y ahora es de Primera. Ningún pie de foto dirá nunca que la verdadera heroicidad fue sostener deportivamente al Llevant para sacarlo de un ataúd hecho a medida.
 
Inteligente y hábil animal social, ambicioso y depredador profesional, propenso a la exaltación del yo a la vez que magnífico conductor de grupos, Luis García le debe al Llevant una segunda oportunidad en la élite, cierto, pero es que el Llevant la debe la vida. Su hambre por crecer ha sido el alimento granota durando dos años. Pese al ruido de las tripas de Orriols, estómago azotado por mil y un golpes de estado, la transición nunca habría sido posible sin la red deportiva que él tejió para un club obligado por el pasado a actuar como los funambulistas del Circo del Sol.
 
Dicen que es lo más parecido a Rafa Benítez que hay, que tendrá recorrido en la élite, seguro, que tiene la mala baba suficiente para lograrlo, que le echa las horas que no tiene y que aun así le gusta aprovechar las que le quedan para ponerse guapo y disfrutar de la vida, sobre todo con sus gemelos. Con poses de Mourinho, arreglándose la chaqueta después de cada orden, las cámaras le quieren. Y también ha aprendido a apreciarlo la grada, no por lo que representa, que es precisamente lo que más ha costado de digerir en Orriols, sino por lo que consigue, es decir, por lo que se recuerda a los grandes. El día del ascenso fue manteado como héroe, nadie se acortó entonces de haberle silbado cambios, de criticarle discursos, de acusarle por priorizar tantos sus intereses.
 
Porque Luis es ahora el merecido Ulises granota, pero los años tal vez revelen que la odisea fue todavía más dura de lo que se ha escrito. Tal vez se entienda mejor entonces por qué faltó el canto de un duro para que los admiradores concursales le retiraran la oferta de renovación, por qué su trayectoria levantó recelos y envidias, porque Luis es, en definitiva, una persona más valiosa ya a la vez complicada de lo que aparenta, alguien que disimulaba su sofisticación haciendo fáciles las cosas en el campo, llevando como si anda un vestuario al que apiñó como una familia, un santo lugar en el que repartió broncas y dio abrazos, lloró y rio, celebró y tuvo miedo. He ahí, tal vez, su más preciado secreto.